Presencia de ‘El Tatita’

Octavio Herrera Pérez

A pesar de la laicidad que generó el triunfo liberal durante la Guerra de Reforma, lo cierto fue que en el sustrato de la conciencia colectiva de la sociedad mexicana de ese tiempo -incluido el noreste fronterizo, poco apegado a los rituales de la Iglesia-, predominaban los dogmas religiosos o las creencias sobre la divinidad de algunos de los misterios de la vida, característica presente en todas las culturas de la humanidad desde el origen de los tiempos, y que se prolonga hasta nuestros días. De ahí la recurrente aparición de predicadores, taumaturgos, curanderos o santones entre los más diversos ambientes sociales, que envueltos en un mensaje mesiánico y haciéndose portadores de una revelación divina, congregaban multitudes de seguidores; de los que no se apartan mucho, guardadas las proporciones, los imitadores contemporáneos, de las más variopintas sectas religiosas que han proliferado como hongos tras la lluvia, que permite la ley mexicana por fortuna, y que se desgarran frente a sus seguidores a grito vivo y con micrófono en mano, haciendo gesticulaciones y las más variadas expresiones corporales, para dar mayor efecto a sus palabras.
Tal fue el caso de Pedro Rojas, llamado “El Tatita”, a quien se ha acercado a estudiarlo el profesor estadounidense Joseph Spielberg Benítez, aunque su obra mayor está aún inédita. Por su parte, nuestro afable amigo Francisco Ramos Aguirre ha publicado recientemente una editorial periodística sobre el personaje en cuestión, al que yo me topé en el curso de mis propias indagatorias documentales, de lo que aquí hago un esbozo. Veamos.

APARECE EL ILUMINADO
Eso fue justo lo que pasó en Coahuila, Nuevo León y el norte de Tamaulipas a inicios de 1861, cuando súbitamente cobró popularidad la presencia de Pedro Rojas, un individuo de raza indígena, procedente de San Luis Potosí, quien haciéndose llamar “El Tatita” hizo su espectacular aparición en la región. Se hacía pasar como “profeta y curandero quirúrgico”, acompañado por centenares de personas que buscaban oír su prédica, al considerarlo como un enviado de Dios o el mismo Dios. La gente buscaba del “Tatita” la oportunidad de que atendiera a los enfermos graves y desesperanzados. Realizaba en forma pública extracciones de lobanillos (bulto superficial y por lo común no doloroso, que se forma en la cabeza y en otras partes del cuerpo), utilizando solamente una navaja que le daba filo con un eslabón, lo que causaba la hilaridad de la gente que más lo aclamaba y llevaba “en andas”, es decir, en una silla que era cargada por numerosos voluntarios, o bien era llevado en hombros, desde donde prodigaba “bendiciones episcopales”, haciendo el signo de la cruz, bendecía a quien se le acercaba o le presentaba la figura de un santo, y se dejaba besar los pies y manos, según atestiguó el capellán de Sabinas Hidalgo, Nuevo León. Y estando en este lugar fue enfrentado por tres sacerdotes, ante quienes confesó que era poseído por el diablo, pero cuando éstos lo denunciaron ante el juez, el “Tatita” los acusó de falso testimonio. En ese momento los religiosos estuvieron a punto de ser linchados. Las cosas comenzaban a salirse de control para la seguridad de estos pueblos fronterizos, lo que preocupó al gobierno de Nuevo León y en especial a su mandatario, Santiago Vidaurri, un liberal acérrimo que incluso había corrido al obispo de su diócesis.

SU ENTRADA A MIER Y CIUDAD GUERRERO
Ya en territorio tamaulipeco se dirigió a Mier, donde en plena parroquia se enfrentó a gritos al padre francés Pierre Fourier Parisot, religioso católico de la orden de los Oblatos, quien también estuvo a punto de ser agredido por la turba enardecida. El 31 de enero de 1861 entró en Ciudad Guerrero, permaneciendo aquí durante 48 horas, cautivando a gran parte de su vecindario. Así lo describió el jefe político de esta ciudad: “…En efecto, la astucia de este menguado y despótico viejo que no debe ser más que mocho y prófugo de alguna cárcel y criminal, porque así lo demuestran sus modales, ha infatuado tanta inmensidad de gente que de todas partes lo siguen y se ha granjeado tantos prosélitos, que se hace cargar en hombros, adoran como a un santo y muchos creen que es el mismo Jesucristo…”
Como lo venía diciendo en su camino, se dijo portador del “Santo Madero” y se dedicaba a realizar curaciones a punta de varazos con ramas de granjeno a diversos incautos, pero sin mermar su poder de atracción de las multitudes, que sumaban centenares, más aparte los que se sumaron en esta ciudad, especialmente las mujeres. Tal fue el estado de catarsis colectiva que se experimentó fanáticamente “en la generalidad del pueblo”, que un tumulto de más de 300 personas se situaron frente a la casa del párroco de la localidad “con el fin de atropellarlo y vejarlo”, al asegurar que no era digno de permanecer en la ciudad mientras estuviera el Tatita, quien quiso encararlo. Entonces hizo propalar la amenaza de que ardería la ciudad en llamas, por lo que llamaba a la gente a seguirlo, como muchos lo siguieron hasta orillas del río Salado. En ese momento se le presentó una comitiva de ciudadanos que habían permanecido al margen de las multitudes fanatizadas, acercándosele uno de ellos para preguntarle al “Tatita” qué estaba sucediendo, gritando éste a sus adeptos “¡maten a éste!”, por lo que apenas pudo salvar el pellejo de ser linchado.
En ese momento llegó una partida armada al mando de Cristóbal Ramírez, quien puso orden, limitándose a acompañar a la turba que se encaminó de regreso rumbo a Mier, para evitar males mayores, perdiéndose entre el monte varios muchachos, que fueron encontrados a los tres días.
Días después aquel grupo de ciudadanos quiso lavar el honor de Ciudad Guerrero, ante la mofa que de ella hiciera el periódico El Progresista de Matamoros de los acontecimientos ocurridos allí durante la breve estancia del “Tatita”. Se hicieron llamar los “Chamucos de Guerrero”, en referencia a su filiación liberal y anticlerical, publicando una aclaración en el Boletín de Monterrey, queriendo así borrar este bochornoso episodio.

FIN DEL SANTÓN MESIÁNICO
Más tarde, el “Tatita” se encontraba de vuelta en Nuevo León. Pero ya se le esperaba para ser sometido por la fuerza policiaca. Escapó apenas a su llegada a Cadereyta, queriendo refugiarse nuevamente en el norte de Tamaulipas. Pero la orden era implacable del mandatario local, de tal forma que fue sorprendido en el Paso del Zacate (doctor Coss). Unos tiros al aire de la fuerza pública dispersó la comitiva que lo acompañaba, corriendo el “Tatita” para escapar, siendo abatido a balazos al intentar brincar una cerca.
Y ya cuando parecía que la presencia de “El Tatita” había sido un ave pasajera, un fenómeno de la misma naturaleza y a escala aún mayor se observaría a fines de la década de 1920, cuando apareció en la estación Espinazo, Nuevo León, el famoso Niño Fidencio.
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