Tamaulipas bajo ataque epidémico

Octavio Herrera

La historia moderna no sólo se puede rastrear bajo los indicadores de los avances tecnológicos y materiales que se desencadenaron a escala global a fines del siglo XIX y que siguen en una constante espiral de innovaciones hasta el presente, trasformando en un siglo y medio el ritmo de la vida humana a una escala que no ocurría en los pasados diez milenios de años de civilización, cuando la revolución del Neolítico, con el surgimiento agrícola, comenzó a sentar sus bases. El otro ángulo en el que se puede rastrear la aventura del hombre en la historia ha sido su experiencia para enfrentarse ante las limitaciones de su propia naturaleza biológica, no en cuanto a las enfermedades o propensiones a la muerte propias de la corta o avanzada edad, sino ante los flagelos también de origen natural, producto de la complejísima vida de especies microbiológicas, que al invadir un organismo humano podían causar una reacción en cadena entre sus congéneres y desarrollar así brotes epidémicos, que solían diezmar sociedades completas; desde las plagas de Moisés que narra la Biblia, a la peste negra del medioevo europeo, la rabia de todos los tiempos, o el cólera asiático a inicios de la época moderna. Esto hasta antes de la aparición de la medicina científica a fines de ese siglo XIX, sustentada en el descubrimiento de la microbiología, de la asepsia como su corolario inmediato y la aparición de los antibióticos, las vacunas y la hidratación intravenosa como el remedio sustantivo para enfrentar desde las infecciones individuales hasta las epidemias.

De ahí la importancia del conocimiento de la historia epidemiológica, ya que a pesar de los avances más espectaculares de la humanidad, esta no está exenta de alguna pandemia que pueda paralizar el ritmo de la civilización de nuestros días. Y vaya que no es una cuestión de poca importancia. Si tan sólo pensamos en el temible sida, cuya pandemia sigue ahí, sorda, pero activa. O bien la falsa alarma de la gripe aviar (H1N1) del 2009 en México, que si bien no llegó a proliferar, sí causó un costo económico elevadísimo al país, complicando aun más la de por sí pésima administración presidencial de Felipe Calderón. Y ahora mismo el mundo entero tiene contenida la respiración ante el brote del ébola en el occidente de África, que es un brote, ya epidémico, altamente transmisible por contacto de todos los fluidos humanos, que causa una tremenda fiebre hemorrágica casi mortal por necesidad, sin que exista una vacuna a la vista contra ese virus. Y como siempre, curándonos en salud, la autoridad federal competente ha dicho que “existen los protocolos…bla, bla”, para que no haya posibilidad alguna de contagio en nuestro país, pero más bien, debería haber mayor información sobre este fenómeno entre nuestra acostumbradamente desinformada sociedad mexicana, para que después no tuviéramos que lamentarnos, y que Dios quiera que nada nos suceda, y que les ofrezca un milagro a las pobres comunidades africanas afectadas, a las que el mundo ha puesto un cerrado cerco sanitario discriminatorio y se encamina a marginar en el abandono.

LOS FLAGELOS DE LA VIRUELA Y SARAMPIÓN

Al carecer de defensas inmunológicas contra los virus provenientes del otro lado del Océano Atlántico, los grupos nómadas de la costa del seno mexicano sufrieron de su franco contagio cuando tuvo lugar la colonización de la provincia del Nuevo Santander a mediados del siglo XVIII. La viruela y el sarampión fueron las epidemias que asolaron a estas comunidades indígenas, como también había ocurrido desde el siglo XVI entre los pueblos mesoamericanos del centro de México tras la conquista española, un episodio que la reciente historiografía ha denominado como “catástrofe demográfica”, en la que a pesar que existe un debate en cuanto a las cifras, Cook & Bora, en un estudio pionero, establecieron que de los 18 millones de indios que habitaban el centro de México en 1521, para 1595 se habían reducido a 1.8 millones. En el caso de Tamaulipas no tenemos mayores elementos para hacer una estimación de ese tipo, pero sí existen evidencias de que ambos virus infectaron terriblemente a los indios, e igual a los colonos, como el brote de “calenturas” en la villa de Aguayo en 1769 y el de viruela en 1780.

EL CÓLERA MORBUS

Fue una epidemia global que afectó a México en 1833. A Tamaulipas ingresó por sus puertos de Matamoros y Tampico, coincidiendo con un levantamiento militar que diseminó la peste hasta Ciudad Victoria y demás pueblos del estado. Su morbilidad fue muy alta, producto esencialmente de la contaminación alimentaria y del consumo del agua. En la Capital de Tamaulipas mató unas 500 personas, de una población de alrededor de cinco mil habitantes. Hacia 1852 volvió a brotar esta epidemia, con el nombre de “cólera chico”.

LA FIEBRE AMARILLA

Ligada a un contagio por un trasmisor volador, el mosquito aedes aegypti, endémico de los trópicos y portador del virus infectante, esta enfermedad era habitual en las costas de México, conocido como “vómito negro”. En Tampico era común y mataba a muchos europeos recién desembarcados. Sin embargo, fue hasta fines del siglo XIX cuando tuvo varios brotes epidémicos en Tamaulipas, Así, en 1882 azotó Ciudad Mier, matando casi medio centenar de sus habitantes, el diez por ciento de la población local. Dos años antes de finalizar el siglo hubo un gran brote en Tampico, por lo que aplicaron cuarentenas sobre el Ferrocarril del Golfo. Aun así, mató a cien personas en Ciudad Victoria y otras 160 en un nuevo brote en 1904.

LA INFLUENZA O GRIPE ESPAÑOLA

Vinculada a las resonancias de la Gran Guerra europea, esta pandemia tuvo una incidencia mundial, matando a unas cien millones de personas en todo el planeta entre 1918 y 1919, entre ellos países como México, que por su parte estaban saliendo de una etapa de hambrunas y de la desestabilidad política revolucionaria. En Tamaulipas como en todo el noreste mexicano y Texas, fueron un área con gran incidencia de esta pandemia.

 

HOY EN DÍA

Y si bien los virus rondan por allí, tal vez la “epidemia” más grave de nuestros días en nuestra sociedad no son los microorganismos al acecho, sino por la pésima alimentación en la que se encuentra inmersa, tomando refrescos embotellados a raudales e ingiriendo comida completamente desbalanceada, repleta de azúcares y grasas, a imitación del fast food agringado; lo que hace que la diabetes sea un gravísimo problema de salud pública. Pero ¿cómo combatir los hábitos que entran por la mercadotecnia que difunden sin cortapisa los medios televisivos? Una paradoja: con tanta biodiversidad alimentaria de que disponemos, y que seamos un país de desnutridos.

ocherrera@uat.edu.mx