Ciudad eterna, ciudad infinita

Rutinas y quimeras

Clara García Sáenz

Roma es una palabra usual en nuestra lengua, al igual que un lugar común, todos sabemos dónde está y que es; por la herencia cristiana, sabemos de su existencia; por las clases de historia en la primaria sabemos de su importancia; por los dichos populares sabemos que es fácil llegar, porque todos los caminos conducen a ella.

El aeropuerto de Roma está en Fiumicino, aunque todavía se le conoce con ese nombre, desde hace años se le puso Leonardo Da Vinci; emula una torre de Babel, diversas razas, lenguas, rutas de viaje, maletas extraviadas, multitud de hombres con letreros buscando algún viajero que desesperado intenta encontrar su nombre para ir al encuentro de quien lo espera para llevarlo a su hotel de destino.

Se calcula que mueve cerca de 50 millones de pasajeros al año, es un edificio totalmente libre de humo y cuenta con una sala especial para mover a los pasajeros israelíes y norteamericanos, los cuales por cuestiones de seguridad, deben evitar mezclarse con palestinos, árabes o musulmanes.

Al salir de ese laberinto, se toma la vía Aurelia para llegar a Roma, la misma que muchos emperadores recorrieron para entrar triunfantes a la ciudad, la misma donde los esclavos rebeldes que siguieron a Espartaco fueron crucificados y la que en algún momento se mandó cubrir de mármol para que todos los que llegaran vieran desde su entrada la grandeza del imperio.

“Pida que los bajen en Plaza Venecia, ahí encontrara todo”, dice la recepcionista del hotel en un perfecto español y ¿los taxis son seguros? “como en todo el mundo señora” responde despectiva ¿y el agua de la llave se puede beber? Su tono se dulcifica “el agua de Roma es la mejor”.

Anchas y arboladas avenidas, balcones con terrazas llenas de flores, el verde siempre presente, iglesias, muchas iglesias, se calcula que en la ciudad hubo más de mil, avanzamos y empiezan a aparecer los monumentos, esos que en nuestra memoria están grabados, que conocemos de siempre, que nos son familiares, ahora tan reales a nuestros ojos se ven pequeños, un poco menos lustrosos pero emocionantes. No era una ciudad lejana la que veíamos, era nuestra Roma, la de los libros de texto, la de las hojas de catecismos, la de Fellini, de Mastroianni, tantas veces recorrida con Suetonio y sus Doce Césares, con Tito Livio, el historiador nacional.

La ciudad reboza de monumentos, por un lado los medievales, por otro los antiguos o romanos, los renacentistas y todo atravesado por el Tíber navegado desde el siglo VII A. C. por quienes intentaban dominar el Mediterráneo.

Caminar entre monumentos, una tarde lluviosa nos conduce a un pequeño restaurante con elecciones inevitables, una pizza y un espagueti original, por primera vez disfrutados en su país de origen, su sabor es diferente, sin duda, exquisito.

Leonora nos lleva a un recorrido completo por la ciudad al siguiente día, no sin antes advertir que lo que veríamos era una serie de estampas que eran todas juntas un viaje hacia el interior de cada uno de nosotros.

Los mitos empiezan a caer, se queja de que una sola imagen en la televisión basta para crear mitos, “el coliseo romano nunca fue escenario para matar cristianos, bastó que Hollywood filmara Quo Vadis para que asociáramos el lugar con los mártires” dice molesta y agrega “como ahora considera que Berlusconi es un hombre que ha gobernado Italia los últimos 20 años”. A los cristianos los mataban en el circo romano, lugar donde solo se conserva su ubicación y del cual no quedan ruinas.

Entre calles con nombres de Papas, se llega al Vaticano, un Estado dentro de otro Estado, recorrer la plaza de San Pedro es sentirse dentro de una película europea, la gran hazaña es lograr entrar a sus museos que tiene un infinito número de piezas; se calcula que si se permaneciera un minuto frente a cada una de ellas nos tardaríamos en recorrerlos 12 años.

La multitud de visitantes no impide admirar las piezas, los tapices, las esculturas y el gran regalo: la Capilla Sixtina, atestada de gente que en silencio solo ve  para arriba, hipnotizada por las pinturas de Miguel Ángel. Después la Basílica de San Pedro, inmensa, imponente.

Roma no se construyó en un día; por eso es imposible recorrerá completa, porque es una ciudad que nunca termina de sorprender.

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