Gabo y yo

Columna: Rutinas y Quimeras

Por Clara García Sáenz

Durante años tuve pegado en mi mesa de trabajo una frase que me ayudó en muchas ocasiones a no perder mis objetivos a largo plazo, trazados desde mi adolescencia, la había recortado de un periódico y la pegué cuidadosamente; me acompañó en mis años de universidad y después en mi espacio laboral; “La vocación es la única condición humana que en ocasiones ha vencido al amor”, era de Gabriel García Márquez.

Entre el mar de artículos periodísticos a propósito de la muerte de Gabo, encontré en El País uno que me llevó a recordar esto que acabo de contar, el texto se titulaba “Todo lo que yo le debo” de Alessandro Baricco, su lectura me llevó a preguntarme ¿qué recordaba yo de García Márquez? Y creo que muy poco, si acaso esa frase; recordaba sí, mi vida de juventud conviviendo con las historias de sus personajes; entonces me di cuenta que no era su muerte la que me entristecía sino la melancolía por la joven universitaria que devoraba hasta la madrugada “Cien años de soledad”, lejos de su pueblo natal con el que se encontraba a través de esa lectura.

El primer libro que leí de él fue “El coronel no tiene quien le escriba” a sugerencia de mi hermano Gonzalo quien era un ávido lector y que en ese momento andaba enrachado con Gabo. Confieso que no me gustó, la historia era triste, en momentos tediosa, con un Coronel ciclado por una carta y viviendo en la miseria. El final era incoherente, la peor parte del libro. Puedo argumentar a mi favor que en ese momento tenía 17 años y venía de leer los clásicos rusos, estridentes y pasionales.

Tiempo después, me encontré con “La hojarasca”, la historia no la recuerdo con nitidez, pero sí las sensaciones que me dejó la novela, una profunda tristeza y una nostalgia inexplicable, a partir de entonces no paré hasta llegar a “Cien años de Soledad”. Cuando vi la película de “El coronel no tiene quien le escriba” con Fernando Lujan y Marisa Paredes me gustó y regresé a releer la novela, entonces me di cuenta de la profunda tristeza de la historia.

Creo que han sucedido muchas cosas de mi vida que tienen que ver con el nombre de Gabriel García Márquez, “un nombre lleno de lugares comunes” como él mismo solía decir. Mi Macondo, el pueblo donde nací, ahí los locos, las beatas, las mujeres eternas siempre son recordadas por su historias; la lectura lúdica que, recién casada, Ambrocio me hacía en voz alta de “Vivir para contarla” y los interminables comentarios que hacíamos de ella; el regalo que el poeta matamorense Ramiro Rodríguez me hizo de “Noticias de un secuestro”; las innumerables ediciones que regalé de diversos títulos a conocidos por sus cumpleaños y la asignatura siempre pendiente de redactar con alegría y profesionalismo como él solía hacerlo. Sí, yo también le debo muchas cosas íntimas, personales y secretas que me hicieron sin duda una mejor persona. Y cuando recuerdo con alegría mi época universitaria, sin pesarlo, la evocó diciendo: “Bueno, cuando yo era feliz e indocumentada”. E-mail: claragsaenz@gmail.com