A proteger la Sierra de Tamaulipas!

Octavio Herrera Pérez

Si existiera un lugar sagrado para los tamaulipecos, éste sería la Sierra de Tamaulipas. De ella llevamos la nomenclatura de la entidad y de ella tenemos el más antiguo registro de la presencia humana en nuestro territorio, sin olvidar que junto a ella se fincó el asentamiento que dio pauta a la génesis histórica de lo que hoy es Tamaulipas. De ahí la importancia de revalorar no solo los registros culturales que se han dado a través de un larguísimo tiempo, sino atender, ahora, los problemas y vulnerabilidad que está padeciendo como espacio ecológico, acosado especialmente por la deforestación indiscriminada, sin que existan mecanismos institucionales que controlen esta área montañosa y la conviertan definitivamente en un Área Natural Protegida, bajo los parámetros legales de la Federación, en consonancia con la normatividad que a nivel mundial se está tratando de implementar para salvar los últimos reductos naturales de la Tierra, como lo es la Sierra de Tamaulipas.
De ahí el relieve que tiene el que una instancia académica y científica local impulse esta iniciativa, como lo hace el Instituto de Ecología Aplicada de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, y cuya estrategia se ha esbozado en el Primer Simposio sobre Biodiversidad de la Sierra de Tamaulipas. Es una primera acción, en efecto, a la que habrá que agregarle otras más, entre las que se cuentan el socializar la importancia que esto tiene. Bajo mi perspectiva, desde el campo de la historia, un granito de arena podremos agregar al difundir la trascendencia de los hechos allí ocurridos.

EL COMPLEJO DIABLO
De entrada cabe destacar que a lo largo del gran cañón que drena gran parte de la zona meridional de la sierra está repleta de evidencias prehistóricas entre sus cuevas y oquedades, de tal forma que a fines de la década de 1940 el arqueólogo Richard McNeish pudo detectar el llamado “Complejo Diablo”, mismo que se remonta a unos doce mil años antes de nuestra Era, es decir, a fines de la última gran glaciación del planeta. Este complejo arqueológico revela un período cultural primitivo, vinculado a la presencia de los primeros hombres que poblaron el Continente Americano, de ahí su relevancia. De cualquier forma, es el registro temporal más antiguo de que disponemos en Tamaulipas.

SEÑORÍOS MESOAMERICANOS
La Sierra de Tamaulipas está justo sobre la frontera climática continental, siendo atravesada por el Trópico de Cáncer. A esta ubicación se correspondió una frontera cultural, al definirse aquí una versión propia del patrón civilizatorio de Mesoamérica, ubicado en su periferia y en colindancia con el vasto mundo de los cazadores recolectores situados más al norte del lindero tropical. Surgieron así numerosos asentamientos en diversas partes de la montaña, donde se construyeron verdaderas aldeas y ciudades de piedra y hubo en ellas una vida comunitaria por más de mil años, con pirámides, plataformas, calzadas, juegos de pelota y áreas residenciales, denotando una jerarquización social y la constitución de múltiples poderes locales o señoríos. Sitios como El Sabinito, El Pueblito, San Antonio Nogalar y Los Laureles, son algunos de los nombres como hoy conocemos a estas pequeñas urbes, poco estudiadas y mucho menos valoradas.

Tamaholipa
Bajo este nombre, que de acuerdo al historiador Joaquín Meade significa “lugar donde se reza mucho”, a mediados del siglo XVI se estableció un pueblo y misión en la falda sur de la sierra hasta entonces conocida como “el Malinchen”; de ahí que el nuevo asentamiento bautizara ahora a la sierra. Fue obra de fray Andrés de Olmos, un personaje extraordinario, primer etnógrafo de las antigüedades mexicanas, sabio de las lenguas vasca, nahua, totonaca, huasteca y castellana, creador del teatro de la evangelización y fundador de la Custodia del Salvador de Tampico. Lo importante fue que Olmos consolidó al pueblo de Tamaholipa con los indios Olives, una etnia de origen enigmático, la que para Guy Stresser Pean se trataba de los resabios étnicos mesoamericanos de la sierra, en tanto que la investigadora María Luisa Herrera Casasús ha planteado la interesante hipótesis de que pudiera ser un grupo de emigrados llegados a la boca del Pánuco desde la cuenca del Mississippi, tras la frustrada expedición de Hernando de Soto, realizada entre 1539 y 1542. Lo cierto fue que los Olives eran hijosdalgo (caballeros), usaban caballo y trabuco, manteniéndose al borde de la frontera de guerra chichimeca hasta inicios del siglo XVIII, cuando debieron abandonar esta población, cuya ubicación es hoy desconocida.

EL ÚLTIMO BASTIÓN DE GENTILES
Al momento de la colonización de la costa del Seno Mexicano y creación del Nuevo Santander, uno de los objetivos primordiales de José de Escandón fue someter a los indios de la región al orden colonial, pero al existir prioridad por las poblaciones de españoles se descuidó la atención a las misiones de indios. Entonces se enseñoreó la guerra, en la que los colonos tenían ventajas tácticas (caballería y milicias organizadas) y tecnológicas (armas de fuego), obligando a los indios a refugiarse en el monte, entre ellos los Pasitas, Comecamotes, Mariguanes, Janambres y otros. Y este fue el papel que jugó la Sierra de Tamaulipas, el ser el último gran bastión de la resistencia indígena, que así permaneció hasta más allá de consumada la independencia. Numerosas fueron las incursiones militares sobre esta montaña, hasta que en la década de 1790 se estableció dentro de ella y su entorno el último rosario de misiones, a cargo de los padres franciscanos de Pachuca. En la década de 1860, fue rescatada del interior de la sierra una indita, la última de una tribu que se extinguió, como todas, la que dio nombre a un cerro prominente: Mariquita.

Episodios posteriores
La épica no ha dejado de estar presente tampoco en esta venerable montaña, caminada por todo lo ancho por el insurgente Francisco Javier Mina en 1817 en su viaje para internarse a la Nueva España, desde Soto la Marina. Luego sería otra vez refugio, pero de carácter político, durante la intervención francesa o la “rebelión de la reata” (1868-1870), estallada justamente en la villa de Croix/Casas. En el Porfirito fue cruzada por un camino carretero, en tanto que en el largo siglo XX se acentuó su marginalidad regional. El problema es que ahora talamos la montaña para convertir sus añejos bosques de maderas duras, como el ébano, en áreas ganaderas y de paso convertirlos en carbón, que se lleva a Monterrey y es regresado envasado y caro, para el consumo inconsciente de nuestras carnes asadas, dando así al traste, poco a poco pero cada vez a mayor velocidad, a la importantísima barrera ecológica, climática y ambiental que constituye la Sierra de Tamaulipas, situada entre el Golfo de México y el México continental.

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