El Centenario de la Primera Guerra Mundial

Octavio Herrera Pérez

 

También llamada la Gran Guerra, es el tema de una corta reflexión que deseo hacer en tres entregas este mes de julio (las otras dos referidas a su impacto en Tamaulipas), cuando se cumplen cien años de ese terrible acontecimiento que cimbró y cambió el ritmo histórico de la Tierra y fue el surgimiento del Mundo contemporáneo, cuya secuencia se prolongó hasta el fin de la Guerra Fría y el inicio de la llamada Globalización, que es la Era vertiginosa y altamente volátil en que vivimos, por las previsibles crisis económicas del actual capitalismo salvaje, la previsible emergencia de pestes mundiales y, ni qué decir, por la devastación que el hombre ha hecho de la naturaleza en aras del lucro o como producto de la pobreza.

La Primera Guerra Mundial anunció el fin de un orden mundial enrizada en el origen de los Estados-Nación (en los siglos XVI y XVII) y especialmente la larga paz que se prologó desde el Congreso de Viena tras la derrota de Napoleón (1815), hasta el fin de la Época Victoriana (en alusión a la reina Victoria de Inglaterra, que reinó de 1837 a 1901); sólo la Guerra de Crimea (1853-1856), la Guerra Civil de los Estados Unidos (1861-1865) y la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), advirtieron el advenimiento de conflictos bélicos a gran escala, pero no alteraron el ritmo vigente. Por otra parte, dicha tranquilidad decimonónica corrió al parejo del imperialismo europeo y estadounidense; el primero sobre África y Asia, el segundo sobre los restos del imperio español y Panamá. Igualmente ese tiempo fue intensamente estimulado por la fase dinámica e industrial del capitalismo.

En el ámbito geopolítico y diplomático, las viejas naciones europeas se sustentaban en anquilosadas formas y petulantes orgullos nacionales, amén de la feroz competencia colonial por apoderarse de los recursos del resto del Mundo, de ahí que tuvieran una “paz armada”. Hay que recordar que solo Francia era una república, en tanto que el resto de la geografía europea estaba aún conglomerada en antiquísimos imperios con vetustas monarquías en su cabeza. Uno de ellos, muy protagonista y el que detonó la guerra, era el imperio Austro-Húngaro, con raíces en la Edad Media en tiempos de Carlomagno. Y, en efecto, fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, sucesor al trono, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, lo que conduciría un mes después a detonar la primera gran conflagración mundial, al alinearse la Potencias Centrales -Alemania junto a la corte de Viena, al igual que el Imperio Otomano (Turquía)-, enfrentados a una coalición Aliada, que incluía principalmente a Gran Bretaña, Francia, el Imperio Ruso y el Reino de Italia, sumándose tardíamente Estados Unidos.

Las hostilidades formales iniciaron el 28 de julio de 1914 y se prolongaron por cuatro años. México en ese momento vivía la fase más aguda de su revolución. Estuvieron involucrados 60 millones de combatientes, de los cuales nueve millones perecieron, víctimas de una nueva guerra industrial, con la presencia de una tecnología sofisticada (aviación, submarinos, tanques, gases tóxicos…); sin embargo, militarmente, el conflicto tuvo un terrible estancamiento táctico, como resabios aun de las guerras napoleónicas, donde las trincheras, las alambradas de espinos y los bombardeos masivos fueron la constante, así como los inútiles y recurrentes avances por ganar unos cuantos metros, lo que produjo, por ejemplo, en un solo día en el frente del Somme (Francia), la muerte de veinte mil soldados británicos, masacrados por las ametralladoras alemanas.

La guerra se libró principalmente en Europa, Medio Oriente y el Mar del Norte, dejando el rastro de batallas terriblemente memorables: el Marne, Tannenberg, Verdún, Ypres, Galípoli, Caporetto, el Somme, Vittorio Veneto, y Jutlandia (marítima), entre otras, así como el hundimiento del barco “Lusitania”, que motivó en 1917 el ingreso de Estados Unidos a la guerra, justo cuando los Aliados estaban exhaustos; dejando el ejército yanqui de perseguir a Pancho Villa en Chihuahua y se embarcara a Europa. La Revolución Bolchevique en Rusia también fue un punto de inflexión en el conflicto, que permitió a Alemania, la verdadera líder de las Potencias Centrales, lanzar su última ofensiva en el frente occidental, que perdió.

El Tratado de Versalles selló el fin de la guerra en 1918, que impuso severas cargas y restricciones a Alemania, vio caer al káiser Guillermo II y se vio envuelta en un intento de revolución socialista. El Imperio Austro- Húngaro se desmoronó, como también ocurriría con el Imperio Otomano (fragmentándose el Medio Oriente en varios países: Irak, Siria, Jordania, Palestina, Líbano y Arabia Saudí); y en Rusia despareció el zar y quedó en manos de los comunistas. Y si bien terminó la guerra y cambió la geografía mundial, quedaron sembrados los huevos de la serpiente, que aflorarían poco más tarde en nacionalismos radicales, al nacer un nuevo y terrible flagelo de la humanidad, el fascismo, y con todas sus letras: el nacional-socialismo alemán (el nazismo).