El patrimonio cultural como ocio

Rutinas y Quimeras

Por Clara García Sáenz 

Desde sus orígenes, el Estado ha tenido maneras de transmitir a la sociedad los contenidos para la formación de una identidad colectiva según sus intereses y los medios de comunicación han sido parte fundamental de este proceso; por ejemplo, en la segunda mitad de los años 70 y la primera de los 80 del siglo XX, los únicos canales de televisión que tenían penetración con señales de calidad en muchos pueblos mexicanos eran los oficiales, canal 13 y TRM, que después se convirtieron en IMEVISIÓN; ahí muchos niños mexicanos pudimos ir forjando nuestra identidad social a través de un sinnúmero de imágenes y programas que mostraban la “cultura viva”, el patrimonio cultural como herencia social del pasado.

Con el desmantelamiento del Estado benefactor donde se da la venta de estas empresas (entre muchas otras) y la entrada en operación del duopolio televisivo, arribaron “Cándido Pérez” y “Derbez en cuando”. Para ese momento se podrían plantear dos posibilidades: que el Estado había renunciado a su obligación de fortalecer la identidad nacional a través de la difusión de la historia viva, al permitir que los espacios en televisión fueran ocupados por comediantes idiotas y huecos melodramas, o bien, otra posibilidad era que el Estado había cambiado sus valores identitarios y fomentaba a través de la omisión dichos programas; esta segunda, aunque monstruosa resulta viable si partimos del entendido de que los medios de comunicación siempre serán un reflejo de los intereses del Estado, según apunta Gilberto Giménez.

Sin embargo, con el arribo de las nuevas tecnologías otros campos de la comunicación permitieron que esa elección del Estado se empezara a diluir, ya que a partir de la entrada del nuevo siglo y conforme se fueron popularizando la computadora e internet, el consumo de medios masivos fue cambiando.

Diversas encuestas muestran cómo la población mexicana más joven ha ido consumiendo más internet que televisión, en la medida que la primera se ha ido masificando. A partir de un estudio de consumo de medios, Elie Smilovitz señala que “la televisión abierta ya no es el medio predilecto de la mayoría, sino el tercero en importancia después de internet y de la televisión de paga […] Según el estudio, uno de cada cuatro internautas en México tiene entre 13 y 18 años y uno de cada cinco es menor de 25. En total, más del 60% de quienes navegan son menores de 32. Tienen en común que prefieren pasar su tiempo en la red a ver la televisión”, así lo muestra el “Estudio de Consumo de Medios entre Internautas Mexicanos”, que elaboró junto a Televisa y Millward Brown”. Solo para acercarnos más al asunto veamos cómo estamos en Tamaulipas, según el INEGI: “En abril de 2013, el 48.3% de la población de Tamaulipas, de 6 años o más, se declaró usuaria de Internet. La búsqueda de información es la principal actividad reportada (47.3%) por los cibernautas de la entidad. El 35.9% de los hogares del estado tiene una conexión a Internet.”

¿Qué significa esto? Que estamos frente a una población de niños y jóvenes cuya formación identitaria en los espacios de entretenimiento ya no depende en gran medida de la televisión como en décadas pasadas, sino de otros medios donde la información y la elección de contenidos es libre y autónoma.

Estamos frente a una segmentación que se ha hecho llamar “nativos digitales e inmigrantes digitales” según Mark Prensky, dos generaciones tecnológicas que se comunican con lenguajes obsoletos, porque mientras los primeros nacieron ya con los sistemas digitales en desarrollo con los cuales interactúan a la par desde pequeños, los segundos, nacidos antes del 2005, somos como cualquier inmigrante que tiene que aprender costumbres y lenguajes nuevos, con la carga o herencia de haber aprendido a comprender el mundo de una manera totalmente ajena a la actual. Señala que “los inmigrantes digitales que se dedican a la enseñanza están empleando una lengua obsoleta (la propia de la edad pre-digital) para instruir a una generación que controla perfectamente dicha lengua. Y esto es sobradamente conocido por los Nativos Digitales…”

De tal forma que tendríamos que preguntarnos ¿cómo vamos entonces a enseñarles los valores identitarios y la historia viva? Siguiendo las reflexiones de Prensky, sugiere que la herencia debe enseñarse con los nuevos lenguajes de los nativos, es decir, en los “formatos de ocio”; esto puede resultar escandaloso si lo revisamos desde el punto tradicional de la enseñanza que por lo general es seria, rigurosa y disciplinada, pero también debemos pensar que si para educar es necesario seducir, entonces para ganar batallas debemos abandonar las viejas armas, y utilizar las que al menos ellos ahora están usando.

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